Los Campas

LOS CAMPAS: MIS AMIGOS

En el noroeste de Perú, entre profundos barrancos, una densa jungla y ríos demasiado rápidos y traidores para ser navegables, se encuentra el Gran Pajonal, territorio de una tribu cuya forma de vida apenas ha cambiado con el paso de siglos: Los Campas, también conocidos como los ashánincas, una de las pocas tribus amazónicas que aún huyen del hombre blanco, sus enfermedades y el consumismo. La convivencia con ellos fue excelente e inolvidable. Aprendimos otras formas de vivir y de pensar.

El calor era intolerable. Navegamos por los rápidos del Cutivireni en una estrecha almadía (balsa-embarcación), que a ratos más que navegar cabalgaba por sus olas y corrientes, mojándonos hasta los riñones, agarrados a nuestros pertrechos. Con el sol a nuestras espaldas, nos acercamos al poblado campa por un pequeño afluente. La balsa, era tan simple, como troncos unidos con bejucos como cuerdas. Aparentemente insegura, parecía que de un momento a otro, al golpearse continuamente con grandes piedras del río, se desintegraría. Parecía una atracción de una feria, por lo de subir y bajar rápidamente. Para no perder el equilibrio, íbamos de rodillas, intentando sujetándonos a lo que podíamos.

Camantavishi distaba unos tres kilómetros del río, en plena selva virgen amazónica peruana. En fila de a uno, intentábamos seguir a Marcelino, guía campa que habíamos recogido en la misión franciscana de Cuti. Aunque teníamos la experiencia de los yanomamis, nuestra torpeza para caminar por la selva, no había mejorado mucho. Seguíamos tropezando, escurriéndonos y cayéndonos de vez en cuando. Comenzó a llover y se puso más difícil. No se aprecia espacio para pasar, no sabes donde pisar, la vegetación es muy alta, árboles de más de cuarenta metros. Estábamos empapados y embarrados. Para de llover, y mirando hacia arriba se intuye el Sol, aunque dentro de la selva parece que anochece y son las tres de la tarde.

Tres kilómetros no es mucho, pero en la selva te parecen interminables.

El «chuf chuf» del agua en nuestras botas nos acompañaba. Habían aumentado de peso, con tres dedos de barro adheridos. Estaba ansioso por descubrir el poblado, mi curiosidad me daba ánimos. Sabíamos que “los campas eran buena gente” y eso nos tranquilizaba.

Poco a poco iba cayendo el sol.

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La llegada

Media docena de niños campas fueron a nuestro encuentro. Parecían amigables.

Nos acercamos al que parecia el jefe, y con nuestras mejores maneras le expusimos nuestra intención de convivir unos días para aprender de su forma de vivir, que sabiamos de su fama envidiable. Le entregamos unos regalos y dinero, que gusta a todos.

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Así empezó nuestra conexión con ese pueblo arcaico, seres fenomenales de glorioso pasado, con quien convivimos una docena de días, que nos dejaron un grato recuerdo.

El poblado era pequeño, parecía arrancado de otro tiempo. Unas veinte familias vivían en sencillas chozas de techo y paredes de hojas de palma sujetas mediante lianas. Tienen en el interior una plataforma elevada a más de medio metro del suelo, con una superficie de tablones unidos de corteza de palma, que sirve para dormir y sentarse. Se cocina al otro extremo de la vivienda.

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Los campas son esbeltos, de pelo negro, largo y fuerte, piel cobriza, cara ancha, nariz algo roma y ojos pequeños. Son lampiños, aunque tienen algún pelo en la barbilla. Una vez, observé como se los quitan: utilizan dos conchas a modo de pinzas y tiran.

Marcelino, nuestro guía, nos explica sus costumbres: visten con una túnica que les llega a los tobillos, parecida a la sotana franciscana, a la que llaman “cusma” para los hombres y “saya” para las mujeres. Son tejidas con algodón por las mujeres, en un telar primitivo. Pintan su cara con una pasta rojiza, de semillas aceitosas machacadas (achiote), antes de comenzar una actividad importante, utilizándola como lenguaje popular, para conocimiento de todos.

Un campa que va de caza no necesita decirlo, lo dicen las líneas pintadas en su cara ese día: “voy de caza y no sé cuando regresaré”, o bien, una mujer con una pintura facial concreta, proclama su disposición para ir a por agua, a por papayas, o para hacer el amor.

Nos acomodaron en un cobertizo con el suelo elevado, pero sin paredes. Organizamos nuestras pertenencias: nuestro saco y nuestras provisiones, todo sobre una superficie no muy grande. Una niña nos ofrece plátanos y papaya. ¡Parece que le hemos caído bien!

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Anochece, el verde botella de la selva se hace cada vez más espeso. Ya no se ve ni a un paso. A la luz de una vela, comemos un bocadillo de sardinas y los plátanos que nos han regalado. Enseguida nos metimos en nuestros sacos, derrengados.

La selva habla, chilla, sus sonidos penetran en la piel.

El despertar del primer día

Las primeras claridades de la mañana neblinosa, (generalmente indicio del sol fuerte), se mostraban en el cielo. La noche había sido bastante fresca.

Gracias al saco de dormir, nos protegimos no sólo del fresco sino de las picaduras de los insectos. El follaje y la vegetación baja aún chorrean del rocío matinal.

El hombre campa es cazador y viajero. Aportan a la comunidad conocimientos y noticias. La mujer se dedica al hogar, la cocina y la agricultura. Marcelino nos indica la posibilidad de acompañar a las mujeres, que se dirigen a los huertos o chacras, que están lejos del poblado. Las acompañamos. Van vestidas con una saya de percal basto, chusmas talares, parecidas a sotanas franciscanas, igual a la de los hombres, que consiguen en una cercana misión franciscana. Tienen un paso muy ligero y nos es difícil seguirlas aunque el camino no es malo. Van cuchicheando entre ellas, y producen estridentes gritos con sus risas.

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Hemos llegado a una gran extensión, donde los hombres anteriormente, han desbrozado un area de la selva virgen o la han quemado, quedando así un calvero en la selva, donde siembran entre otras cosas, yuca, camote y plátanos. Calculamos que hemos caminado unos cuatro kilómetros; nos sentamos en unos troncos quemados, y aprovechamos para beber un trago de nuestra cantimplora. Dos muchachas sonrientes se nos acercan portando una gran calabaza. Vierten un líquido rosáceo en un cuenco o cosho y nos lo ofrecen para calmar la sed. Lo tomo y observo que todas las miradas están pendientes de mi aprobación. Bebo cerrando los ojos, intentando tragar sin analizar el sabor. Sonriendo, le devuelvo el cosho a la amable joven india. Es un líquido espeso y suave. Se trata del masato, bebida levemente alcohólica de los campas, que también llaman cerveza de yuca, de la que me habían relatado el proceso de fabricación; más tarde pude comprobar personalmente como mis amigos los campas lo elaboran.

Las mujeres empezaron a ahondar con sus cuchillos la tierra, sacando raíces de yuca, algunas muy grandes. Cargaron sus cestos pesados y rápidamente regresamos al poblado.

Olga es la esposa de Marcelino, el maestro que enseña a leer y escribir a los niños en ashaninga y castellano y es también el sanitario, que dispone de un botiquín que le dio Sor Primitiva, en la misión franciscana de Cutivireni.

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Olga y su joven nuera, Lucía, se pusieron a pelar yuca para cocer en unos grandes peroles de aluminio, conseguidos en la misión franciscana. La base alimenticia de los campas es la yuca, tubérculo tropical que comen cocido, acompañando a la carne o al pescado. Si no disponen de éstos, una guindilla sirve para darle gusto.

Las mujeres elaborando masato

Olga nos avisa que están elaborando masato; varias mujeres sonrientes, forman una alegre tertulia, sentadas en el suelo. Están masticando camote cocido, un tubérculo con cierto parecido a la remolacha, por lo menos en el color y tamaño, pero con ligero sabor a batata. Una vez masticado, las mujeres lo escupen en un perol con yuca cocida que ha sido mnuciosamente masticada. Me parece una guerra de salivazos, todas tienen la boca teñida de morado. Olga lo remueve con un palo y, una vez mezclado, le añaden agua y lo cubren con hojas, dejándolo fermentar, consiguiendo que la mezcla adquiera un grado alcohólico no muy alto. Al día siguiente, se cuela y se bebe: para darse la bienvenida, como refrescante, para bailar o nutrirse, porque, dicen, es de mucho alimento.

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Los campas continuamente elaboran masato. Inmediatamente lo consumen, compartiéndolo entre todos. Es un concepto campa de generosidad. El peor insulto a un campa es llamarle mezquino. Nada de lo que llevan consigo, puede ser negado por un campa a otro campa que se encuentre en el camino.

El territorio de los campas, está en Satipo. Los campas de Camantavihi se encuentran en la zona de Cutibereni. Actualmente, viven un período de cambio.

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Transición cultural

Ya tienen cuchillos y ollas de aluminio. El hombre blanco, o “viracocha”, como nos llaman ellos, dispone de objetos y ellos los quieren conseguir libremente, porque piensan que los objetos son de todos. Es el hombre blanco quien los posee y les pone precio para entregárselos. El campa empieza a conocer el dinero, con el que puede comprar en la vecina misión franciscana latas de atún, anzuelos, machetes, pero su relación con el dinero es confusa. Lo conocen pero les es muy difícil conseguirlo, porque no tienen mucho que vender.

Su generosidad es tan extensa, que no llegan a comprender las consecuencias de la culturización; por ello, dicen que “están afligidos”. Su mundo no es el que era, comenta el anciano. También nos acompaña Marcelino, nuestro guía que trata de explicarnos los problemas actuales: Están cercados por colonos agrícolas, emigrados de los cercanos Andes, que se instalan en sus tierras y, por otro lado, los narcotraficantes de cocaína, que refinan rudimentariamente las hojas de coca y la envían al exterior, desde las minúsculas pistas de aterrizaje, que tiene en la selva esta mafia.

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Resuena el canto ensordecedor de las cigarras. El sol es abrumador. Estamos empapados de sudor, y para evitar la deshidratación bebíamos mucha agua potabilizada que sabe a rayos. En algunas partes como: cara, cuello, brazos y tobillos, no sólo es sudor, es una pasta con el polvo y repelente para insectos. Los jejenes -minúsculos mosquitos parecidos a una pavesa-, nos tienen breados.

Se pueden contar por cientos las picaduras en nuestro cuerpo. El repelente sólo es efectivo durante una hora y tenemos tal prurito que hacemos verdaderos esfuerzos para no rascarnos, ya que por experiencia sabemos que si lo hacemos tendremos peligro de pequeñas úlceras.

Los campas, al contrario de otros indios amazónicos, acostumbran a hacer sus casas lejos de las orillas de los ríos.

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Un baño accidentado

A un kilómetro del poblado y por una huella muy estrecha de camino íbamos a un pequeño riachuelo de aguas cristalinas y frescas, donde el poblado se abastecía de agua. Nos encontramos a mujeres con el agua por las rodillas charlando entre ellas, sumergiendo calabazas para llenarlas y llevarlas a sus casas.

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Esperamos un momento en el que no vimos a nadie y decidimos damos un pequeño baño con jabón y todo. El agua estaba deliciosa, nos quedamos dentro del agua, sacando solo la cabeza, para evitar en lo posible la plaga de mosquitos y tábanos, al poco rato empezamos a sentir pequeños pellizcos en nuestro cuerpo. Ligeramente alarmados, nos salimos del agua. Por el camino nos encontramos a Marcelino el maestro y a su hijo Agustín. Al contárselo, sonrientes, nos dijeron que sólo se trataba de anchovetas, pececillos inofensivos que te mordisquean.

Cuando el sol se ocultaba, empezábamos a preparar la cena y el espectáculo comenzaba para la familia de Marcelino y de su hijo. Se acercaban todos y observaban esos objetos extraños que teníamos: nuestros sacos de dormir rojos, la cocina de camping-gas, cacillos, sartén, tenedores y también los espaguetis les causaban curiosidad.

Durante el crepúsculo y alrededor del poblado, se escuchan los chillidos de los guacamayos.

Algo curioso: una bandada de monitos, pasa sobre nuestras cabezas, por el techo de paja.

Un café y una banana asada eran un buen desayuno. Nos llamaron la atención unos ruidos de piedras golpeadas. Fuimos detrás de la casa de Agustín y un grupo de hombres y muchachos machacaban unas raíces con piedras, “es para la pesca del barbasco”, son raíces de cube, mostrando gran cantidad de pasta de raíces y hojas en un montón en el suelo, nos dijo Agustín.

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Marchamos junto a mujeres, hombres y niños a la poza del pequeño río, donde a pesar de los mordiscos de las anchovetas, nos habíamos bañado otros días, para aliviar el calor. Dos hombres disuelven la pasta del cube a favor de corriente y al poco, pequeños peces salen a la superficie, atontados por la falta de oxígeno. Con un certero golpe de cuchillo, las mujeres los van recogiendo. Unos gritos nos atraen hacia el extremo de la poza de nuestros baños. Un hombre mayor tenía el muslo ensangrentado por mordiscos de pirañas. Cuando nos mostraron la pesca, descubrimos cinco pirañas de gran tamaño. ¡Se nos quitaron las ganas de bañamos allí!

La hospitalidad de los campas

Sentados en el suelo o en una piedra a la sombra, en la casa de Marcelino y Olga, con otros vecinos, nos dieron de beber masato, por turno, ofreciéndose de uno a otro, como en una rueda. A mí no me gustaba. El espumoso cuenco de líquido rosado no me entraba, ¡me sabía a saliva! Ellos bebían parcamente al principio, pero luego se desataron. El poco alcohol hacía su efecto. Risotadas y alegría.

En un descanso, fumando un cigarrillo, varias hormigas grandes subían por mi pantalón. No le di un manotazo como siempre. Se me ocurrió cogerla para apartarla y me mordió. Fue tal el dolor… ¡parecía increíble!. El brazo se me paralizó. Fui en busca Marcelino y, entre risas, me dijo que en unas horas se me pasaría, que a él también le habían picado alguna vez y dolía mucho.

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Comidas difrentes

Un cazador regresa con paso rápido bajo el sol. En la espalda trae un hatillo con un «oseto», un monito, que para que no se pudra, por el calor, el cazador lo ha ahumado y atado en posición fetal para transportarlo mejor. Cuando lo desempaquetó me recordó a los niños que vi en Vietnam, quemados por el Napalm.

Todos los hombres estamos juntos, en el centro de la estancia, una mujer lleva la comida en un puchero y se lo entrega a su esposo, este lo pone en el suelo a sus pies, y nos dice a los hombres:!poya! (¡comed!). Nos miramos muertos de risa que nadie entendió.

Nuestros amigos los campas, como mostrábamos mucho interés por sus comidas, nos ofrecían siempre, así que tuvimos que probar: ancas de sapo gigante, (que al estar cocido no se diferencian mucho del pollo); tortuga cocida, (un poco insulsa y gelatinosa). Pero lo del «oseto» fue lo más duro. Se te ponía un nudo en la garganta. Parecía un acto de canibalismo, con sus manitas y brazos igual que un bebé. Al final, probamos para no quedar mal ante ellos, la carne era ligeramente dulce.

Los misterios de la selva, la grandiosidad y la belleza del paisaje y los mitos y supersticiones que rigen la vida de los campas, dejan entrever su oculta verdad. Leyendas extrañas. Se explican la mayoría de los fenómenos astronómicos y de la naturaleza por intuición. Son poseedores de una gran imaginación e interpretan la existencia de las estrellas y planetas del cielo como signos, en las noches cálidas de la jungla, poblada de misterios y peligros para el hombre extraño a ella, poco avezado al medio.

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El Sol y la Luna ejercen una gran influencia en sus vidas y sirven a la rica imaginación de estos indios para tejer leyendas. Tienen una veneración singular por Pahúa, su dios sol, y Use, la luna, la diosa blanca de los cielos. Creen ver en las manchas del disco lunar una joven sentada al pie de una gran montaña.

Los campas son verdaderos expertos en el uso de una velluda liana llamada “uña de gato”. La cuecen y utilizan para curar muchos males, como: hinchazón, torceduras o golpes.

Para ellos, es un verdadero placer el recoger hormigas reinas, los campas, las consideran un manjar, que se pasan mucho tiempo rebuscando en los hormigueros para capturarlas. En un hormiguero solo hay una reina y para conseguir un puñado tienen que encontar muchos. ¡Son muy pacientes!

Ayahuasca

También utilizan otro cocimiento de una mezcla de cortezas, con poderes alucinógenos (ayahuasca o liana de los muertos), que machacada y cocida por el brujo produce una bebida con la que se abren de par en par las puertas incomparables de los paraísos artificiales.

El brujo la toma, para ver con los ojos de los espíritus. Uno de los mayores alucinógenos, que te hace volar la imaginación. Según dicen, es una droga tan poderosa como el opio y la morfina.

En la ceremonia, el shaman o brujo nos ofrece un trago. Estupefacto y con verdadero miedo, doy un pequeño trago. Sabía muy amargo, uff…, a hiel….Me dejó la boca áspera. Intento no sujestionarme, pero me siento raro. Tengo náuseas. Mi corazón se acelera. No se distinguir si es mi imaginación o es realidad. Estoy huyendo en un cielo con luces que parecen las luces de un caledoscopio. En seguida, siento un gran sopor. Estoy nervioso, tengo sudores fríos…

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Me despierto, (me quedé dormido fuera de la casa) Quiero recordar si he tenido algún sueño, pero no puedo… «La cocción estaba aguada, -nos dijo al día siguiente el shaman- Tenía miedo de como ibais a reaccionar.»

Marcelino nos organiza la expedición para llegar a las cataratas del Pariharo, más allá de Oconashari, que son únicas en esta zona. El camino es muy duro y durante tres días, desde las seis de la mañana caminamos hasta las seis de la tarde, subiendo y bajando, como autómatas, sorteando troncos caídos, empapados por las lluvias esporádicas, abriéndonos paso a machete. Así atravesamos la espesa selva.

Aunque estaba desfallecido, pensaba: Si sigue el de delante, yo sigo. No puedes agarrarte a los matorrales de hojas cuchillo, que ya conocí con los Yanomamis son muy delgadas y duras, te enredas las botas con las lianas y te hacen pegar un tropezón, los mosquitos se ceban contigo. De vez en cuando, caen de las ramas unas pequeñas hormigas, que son urticantes y al rozarte la piel, sientes un escozor similar al de una quemadura (que también las recuerdo).

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Las avispas salvajes

Una tarde, Marcelino abría camino con el machete, nos dirijamos hacia un lugar sagrado, una gran cascada, que esconde sus mágicos poderes en la espuma de sus aguas.

Yo iba detrás. Las ramas que él apartaba, suelen darte en la cara. De pronto, sentí pinchazos en mi espalda. Sin querer, Marcelino había golpeado un avispero salvaje. Nos atacaron y tuve la mala suerte de que se cebaron conmigo. Todos corríamos enloquecidos. Cuando al fin pude juntarme con los demás y me quité la camisa, me llegaron a contar diecinueve aguijonazos en la espalda. No sé como duelen los latigazos, pero el dolor de mi espalda se me ocurría que seria parecido.

El agua de una cantimplora me alivió. Teníamos amoniaco diluido en un producto que compramos en Suiza y que recomiendo, llamado Parapic, que me aplicaron en cada picotazo, poco a poco se me calmó el dolor.

El recorrido fue difícil y cansado para nosotros. Para ellos fue normal, pero siempre ayudaron todo lo que pudieron.

Al fin llegamos a la tan deseada cascada del Pariharo.

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Finalmente, la inusitada sinfonía verde y blanca se proyecta a lo lejos, entre el arco iris, que une la cascada con el cielo. El agua azulada de la cascada, cae al vacío y su rumor es ensordecedor. ¡uff!…

Pocos hombres blancos o viracochas han tenido el privilegio de contemplar tan maravilloso espectáculo de la naturaleza…

¡Gracias amigos campas por haber aceptado nuestra presencia una docena de días!

Nosotros no olvidaremos vuestra generosidad.

1985

Emilio Polo

Fotos: Carlos Eloy Fernández

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